8 feb. 2011

Mi cesárea innecesaria

Recuerdo la noche del 11 de febrero de 2011 con una mezcla de inquietud e incertidumbre. Llegamos a la consulta del ginecólogo embarazada de 39 semanas. Aquella tarde había estado tranquilamente leyendo, escuchando música, parecía que en mi mente solo tenía presente que hasta dentro de un par de semanas no llegaría mi pequeño. Las monitorizaciones no decían lo contrario. Sin embargo mi ginecólogo tenía otros planes; sabía exactamente cuándo iba a nacer mi hijo.
Tras la visita ginecológica nos comunicó que, dado el momento de gestación en que me encontraba, por el peso del niño que, según sus cálculos era de 3 kg 400 g, y el poco líquido amniótico que tenía, lo mejor era ingresar en el hospital. Aquello me dejó dubitativa, pero le hicimos caso.

Al día siguiente, sobre las 6 de la mañana, un enfermero apareció en nuestra habitación y nos acompañó a la sala de dilatación, pero…¿qué dilatación?, yo no estaba de parto. Me lo provocaron. El anestesista me puso la epidural y al cabo de una hora la matrona rompió la bolsa de las aguas. Con todo, no dilaté más que 2 cm en 7 horas. Entre la nebulosa del sueño y el cansancio de no dormir el ginecólogo dictaminó que, dado que no había dilatado, lo mejor era proceder a la cesárea, porque podía coger una infección. A las 13:30 entraba en quirófano.

Durante los 10 minutos que duró la operación recuerdo que el ginecólogo, la matrona y el anestesista estuvieron hablando sobre la última película que habían visto en el cine. Yo me sentía cansada y dolorida, con los brazos en tensión por la posición en la camilla. Notaba una presión constante bajo el vientre hasta que nació él, mi pequeño, mi amor. Pesó 3 kg 100 g. Me lo trajeron y le besé, se lo llevaron a su padre que, pacientemente esperaba en una sala contigua. En lugar de quedarse con él hasta que a mí me cosieran le colocaron en la soledad de una pequeña cuna a 2 metros de mí. Aquellos minutos se me hicieron eternos; podía verle pero no tocarle, ni abrazarle, ni sentirle…recuerdo que comencé a llorar e insistía una y otra vez en que se dieran prisa, que necesitaba cogerle, darle calor. Cuando terminaron solicité que lo pusieran en mi cama, junto a mi y nos reunimos con su padre en el pasillo.

Después se produjeron visitas de lo más disparatadas de pediatras y matronas que te daban consejos de lo más variopinto sobre crianza. Observamos una gran desinformación hacia temas tan antiguos como la lactancia materna. Afortunadamente las clases de preparación al parto que nos había impartido mi matrona del centro de salud y la serenidad de mi marido consiguieron que tuviera un buen inicio de lactancia, que todavía hoy, a los doce meses de mi hijo, prosigue.

Haciendo una retrospectiva con el pasar de los meses me doy cuenta del conflicto interno que me creó la manera de dar a luz a mi hijo y los consejos sobre crianza que me daban. La seguridad y la tranquilidad en la manera de criar a mi hijo me la dio el grupo de madres de la Asociación Sina con las que nos reunimos semanalmente y gracias a las cuales acciones tan primitivas como coger a mi hijo en brazos, practicar colecho y no dejarle llorar han hecho que disfrute plenamente de la maternidad.

Alejandra López

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